
El principio de este trabajo radica en el proceso por el cual esta
relación se rompe. En que nuestro cerebro asimila, al verlo, un objeto como
algo natural, cuando dicha imagen no es propia de nuestro ser físico.
Hoy en día nuestra visión y nuestro contacto con la naturaleza se
produce, para la mayoría de nosotros, a 120 km/h, o desde la ventanilla de
un tren o de un avión. Nuestra visión es, pues, completamente distinta a
aquella que podría tenerse hace escasamente un siglo.
Por mucho que nuestro cerebro le de el status de "natural" al haber
sido visto, no lo es.
Obtenemos otra percepción principalmente por un aspecto nuevo, la
fugacidad; esta visión implica desplazamiento y un tiempo limitado de
percepción que, por fuerza, es contraria a la inmutabilidad intelectual del
paisaje romántico o a los cambios lumínicos del paisaje impresionista.
En segundo lugar, el paisaje percibido es, en sí, poco natural.
Paisajes de carretera, alteraciones geográficas del trazado visto desde el
aire... Nuestro entorno deviene algo plenamente humano.
¿Por qué, pues, pintar estas Imágenes? Porque la pintura termina de
despojar a estas Imágenes completamente de cualquier rasgo de veracidad.
Porque lo importante no son las Imágenes en sí, paisajes de carretera,
luces, fragmentos, manchas topográficas, sino el hecho de detenerse ante
ellas, el hecho de mirarlas.
